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Opinión | Rosalía se apropia de TikTok con el 'Motomami World Tour' – The Washington Post

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Jorge Carrión es escritor y crítico cultural.
Rosalía actuó el lunes 1 en el recinto Son Fusteret de Palma de Mallorca, ante un público de 9,000 personas, como conclusión de la fase española del Motomami World Tour. El 14 de agosto iniciará en Ciudad de México la gira americana, que la llevará también a Buenos Aires, Bogotá, Nueva York y Miami, entre otras ciudades. Especialista en el multitasking incluso cuando está enferma, la artista catalana aprovechó el día para rodar en la playa de Portitxol el videoclip oficial de “Despechá”, su último tema publicado. Como ha estudiado el profesor Eduard Moyà, las Islas Baleares siguen siendo la imagen del paraíso y del deseo: el mejor espacio posible para escenificar la contagiosa canción, que ya se conoce como el nuevo #himnodelassolteras.
Pese a la tos y el catarro, Rosalía prefirió no cancelar el concierto. Ese énfasis en la materialidad rugosa e imperfecta de la voz acabó de revelar anoche la esencia de la propuesta del proyecto Motomami. Los detractores del diseño del concierto han insistido en que la ausencia de músicos en directo lo emparentaba con el karaoke. La metáfora es correcta: la palabra japonesa significa que la “oke”, abreviatura del vocablo inglés “orchestra”, toca en el “kara”, es decir, el “vacío”. De modo que cualquiera puede ocupar el espacio vacante de la voz. Pero, con medio siglo de historia, el karaoke es un referente clásico, y Rosalía, en cambio, se ha apropiado de uno viral: TikTok.
Si el exoesqueleto de su primer disco de estudio, Los ángeles, fue el flamenco; y el del segundo, El mal querer, la novela medieval Flamenca; el de Motomami ha sido la red social china. Cuando lo escuché por primera vez, lo interpreté como una vuelta al mundo. Esa es, en efecto, su estructura universal y clásica. Pero su lógica contemporánea, como comprendí ayer en el concierto, es la de internet y, en particular, la de TikTok. Ese mundo virtual donde lo global es una iconografía y un compás. Alrededor de un núcleo duro de música, el disco Motomami, los anillos saturnianos del resto de objetos culturales vagamente identificados —videoclips, historias, posts, directos— se despliegan visuales. Aunque parezca una paradoja, en el concierto prima lo visual sobre lo auditivo. Como en la red social de microvídeos.
Rosalía abrió su cuenta de TikTok el 20 de enero de 2020 porque era el espacio digital donde generaba más reacciones de sus fans. Dos meses después llegó la clausura pandémica. Aunque empezara a trabajar en el proyecto Motomami en 2018, la mayor parte de su composición y producción se produjo, por tanto, cuando ya formaba parte del ecosistema TikTok. El pasado 16 de enero lo revolucionó con el estreno de unos segundos de la canción “Hentai”; en febrero, viralizó el baile de “Chicken Teriyaki”; y el 18 de marzo hizo historia al presentar en esa plataforma su nuevo disco completo.
Ahora, en concierto, no solo canta y baila cerca de dos horas con un operario de cámara que la retrasmite en dos grandes pantallas verticales, en forma de teléfonos móviles; además “Despechá” se ha convertido en la primera canción del verano que ha nacido en directo, se ha viralizado popularmente y se ha publicado oficialmente cuando ya era tatareada por media población de habla hispana.
En las historias de Instagram y los vídeos de TikTok en que aparece Rosalía bailando “Despechá” se adivina un plan detrás de la cortina de humo de la informalidad. La artista está dictando la coreografía que van a imitar millones de personas en sus casas (para los vídeos) y en las discotecas (para el disfrute en grupo y para los vídeos, también). Después de propagarse por las pantallas, lo viral acaba de triunfar cuando se vuelve carne, flow, identidad compartida. Son muchas las niñas, jóvenes, mujeres y motoabuelis que se han identificado con el discurso de emancipación motomami. Que se han sumado a una gran coreografía física, virtual y sobre todo mental.
Con miles de teléfonos móviles fotografiando y grabando, mientras sus propietarias bailaban y coreaban, el concierto es la sinécdoque de un fenómeno que cada cual vive a su manera. Si las proyecciones artísticas, que recuerdan a paisajes de videojuegos, son el punto débil de la escenografía de Motomani World Tour, su gran acierto radica en cómo bailan en ella los cuerpos con las pantallas. Los ocho bailarines internacionales son extraordinarios y las coreografías, firmadas por Triana Ramos, Jacob Jonas y Mecnun Giasar, no solo hacen dialogar la danza contemporánea con la comercial, también hacen bascular el escenario entre la instalación y el plató. Como la propia música de Rosalía, que es a la vez experimental y mainstream.
En el siglo XX, el valor icónico era inoculado por los fotógrafos, los artistas y los medios de comunicación. Era común decir que alguien había sido “inmortalizado” tras ser retratado por Annie Leibovitz o Andy Warhol, o por ser portada de Paris Match o Vogue. La viralidad ha cambiado las tornas. Ahora los iconos alimentan su propio valor mediante una inyección continua de selfis. Las fotos o los videos persiguen la presencia digital, el incremento cotidiano de seguidores, la renovación cada 15 minutos de los siguientes 15 minutos de fama. Pero el gesto que define nuestra época no cobra pleno sentido sin la interacción, la reacción, el like, el emoticono, el comentario. El selfi no existe sin el espejo. Por eso el fenómeno Rosalía toca el sentido profundo del presente.
En los últimos dos años y medio, ha duplicado sus seguidores en Instagram: de 10 a más de 21 millones. En el mismo tiempo, su cuenta de TikTok está por llegar a los 22 millones. En ambas redes sociales la estrella publica, sobre todo, diferentes tipos de selfis, mientras que en las plataformas musicales (Spotify, Apple Music, Amazon Music, YouTube) se encuentran sus canciones. La escenografía de la gira mundial de Motomami es del todo coherente con esa circulación paralela de sus dos grandes capitales simbólicos: su figura y su obra. En el escenario del Motomami World Tour convergen su voz y su perpetuo autorretrato.
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El concierto ya no es la puesta en escena del disco o su rentabilización, sino una fase más en un continuum. Como el resto de las fases, responde a un diseño cuyo objetivo es ser compartido, comentado, difundido. Rosalía ha conseguido que ninguna de esas fases provoque indiferencia. Se ha vuelto absolutamente central: es una de las escasas artistas respecto a las cuales nos vemos obligados a posicionarnos. Es un inesperado punto de referencia estético que refleja nuestro planeta polarizado: ¿Estás a favor o en contra de su uso desprejuiciado de la tradición flamenca, de sus uñas, de “Hentai”, de “Saoko”, de su concierto?
Tengo la impresión de que nuestras opiniones, lejos de alterar en lo más mínimo una poética y una trayectoria que avanzan con seguridad en su propia hoja de ruta, sobre todo dibujan nuestro autorretrato robot, nuestro propio selfi. La gran performance de Rosalía se ha convertido en un gigantesco espejo colectivo. A favor o en contra, integrados o indignados, lo cierto es que todos bailamos a su ritmo. Formamos parte de una gigantesca coreografía que conecta lo más antiguo con lo más actual, el flamenco gitano con TikTok. La gran duda es si esa música, que tan bien refleja nuestra época, es la banda sonora del empoderamiento o de la soledad.

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