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Los riesgos de la política económica de Biden van más allá de la inflación – La Vanguardia

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El presidente Joe Biden, durante la cumbre sobre prevención de incendios celebrada este martes en la Casa Blanca
The Economist
Faltan apenas unos días para las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos. Cuando los votantes acudan a las urnas el 8 de noviembre, estarán pensando sobre todo en el aumento de los precios. La inflación anual supera el 8%, el nivel más alto en 40 años y también en la vida de muchos votantes. Durante décadas, la inflación se ha mantenido lo bastante inactiva como para que la mayoría de los estadounidenses pudiera hacer caso omiso de ella. Ahora, el coste de la compra semanal domina la vida cotidiana de los votantes… y alimenta su ira.
Fue el descomunal estímulo económico de Joe Biden a principios de 2021 lo que puso la inflación en una senda ascendente, antes de que la invasión rusa de Ucrania disparara aun más los precios. Los votantes podrían castigarlo pronto por ello, y por otros excesos percibidos. Según el Centro de Investigación Pew, una empresa demoscópica, cuatro quintas partes de los estadounidenses afirman que la economía será “muy importante” en la decisión sobre su voto; y tres cuartas partes sienten “mucha preocupación” por el precio de los alimentos y los bienes de consumo.
Sin embargo, las consecuencias de casi dos años de «bidenomía», de política económica de Biden, no sólo exacerban la inflación sino que van mucho más allá. La «bidenomía» aborda dos de las mayores amenazas a largo plazo a las que se enfrenta Estados Unidos: el ascenso de una China cada vez más autocrática y los peligros que se ciernen como consecuencia del cambio climático. En el último año, Biden ha firmado tres históricos proyectos de ley (sobre infraestructuras, semiconductores y medio ambiente) que en conjunto incluyen planes para desembolsar 1,7 billones de dólares. Constituyen, junto con sus acciones ejecutivas, una política industrial en toda regla. 
El resultado no se parece a nada de lo visto desde que el Congreso apoyó a los fabricantes estadounidenses de automóviles y chips en la década de 1980. El gobierno repartirá 180.000 millones de dólares en subvenciones y bonificaciones fiscales a las empresas locales durante los próximos cinco años. Algo equivalente a un 0,7% del PIB, más que en la Francia supuestamente dirigista.
Esta fase de la «bidenomía» resulta digna de elogio por lo que hace a los objetivos. Sin embargo, su proteccionismo hace que Estados Unidos tenga menos posibilidades de alcanzarlos. Es como si, habiendo identificado correctamente el destino, Biden se hubiera atado las piernas antes de ponerse en marcha. Los costes de un planteamiento tan trabado correrán a cargo tanto de Estados Unidos como de sus aliados.
Estados Unidos quiere, con razón, mantener su posición de liderazgo tecnológico en la fabricación de chips avanzados frente a China. Los semiconductores tienen cada vez más importancia militar y podrían ser cruciales a medida que la inteligencia artificial vaya reconfigurando la guerra. Otra preocupación sensata es la relacionada con la dependencia estadounidense de China para la fabricación de equipos de energía verde cruciales, como las baterías. 
Esa dependencia podría proporcionar un día a Xi Jinping un control sobre la economía de Estados Unidos, del mismo modo que la dependencia europea del gas natural ruso fortaleció la posición de Vladímir Putin. Biden quiere restaurar en su país las infraestructuras envejecidas y reducir las emisiones de carbono. Ha perseguido esos objetivos con subvenciones y normas que promueven la compra de productos estadounidenses, y los demócratas esperan que hacer gala de haber respaldado la fabricación nacional y los empleos de la clase media les haga ganar votos en la campaña.
El problema es que el proteccionismo es una píldora venenosa que debilita todo el empeño. Perjudica a amigos y enemigos por igual, socava las alianzas de buena fe de Estados Unidos y anima a otros a responder de la misma manera. La Unión Europea y Corea del Sur se quejan de que los compradores de sus vehículos eléctricos no se beneficiarán de las nuevas subvenciones estadounidenses, que favorecerán a los coches ensamblados en Norteamérica y que pueden incumplir las normas de la Organización Mundial del Comercio.
La Unión Europea está preparando sus propias subvenciones a los chips, que competirán de manera antieconómica con las de Estados Unidos. Los intentos estadounidenses de alejar a los países asiáticos de la esfera de influencia de China, por ejemplo a través del Marco Económico Indo-Pacífico, su última iniciativa comercial en la región, se han visto socavados por ese repliegue hacia sí mismo. El proteccionismo occidental da credibilidad a las afirmaciones de Xi de que las democracias sólo defienden las normas económicas mundiales cuando no son ellas las que las incumplen.
También en el terreno nacional el proteccionismo dificulta la consecución de los objetivos de la «bidenomía». Subvencionar los coches eléctricos ensamblados en Norteamérica los hará más caros y de menor calidad, lo cual reducirá los incentivos para que sean ecológicos. Las nuevas leyes exigen a menudo que los proyectos paguen los “salarios prevalecientes” estipulados oficialmente, o que utilicen hierro y acero estadounidenses. El plan del Departamento de Comercio para distribuir las subvenciones a los chips promete abordar toda una serie de problemas sociales, desde dar trabajo a los pobres hasta ayudar a las empresas propiedad de mujeres. La burocracia aumentará aun más los costes para consumidores y contribuyentes.
Joe Biden y Xi Jinping. 
En lugar de alzar barreras, Estados Unidos debería aprovechar los beneficios de la apertura. Una mayor inmigración de personas altamente cualificadas impulsaría los sectores de la tecnología verde y la fabricación de chips. La flexibilización de las normas de concesión de permisos podría hacer más que las subvenciones para fomentar la construcción de infraestructuras verdes. Las deducciones fiscales pueden favorecer la inversión. El libre comercio de tecnologías cruciales con los aliados abarataría la descarbonización del mundo democrático y evitaría la excesiva dependencia de las autocracias. Y, si lo que se pretende es entorpecer la fabricación china de chips, Estados Unidos es capaz de hacerlo sin poner trabas al sector, como demuestra su reciente prohibición de vender tecnología avanzada de chips a ese país.
Una posible respuesta por parte de Biden es que tiene que actuar dentro de los límites de lo políticamente posible. Al menos sus instintos proteccionistas se están canalizando hacia fines productivos: los demócratas no consiguieron nada con su intento de imponer un sistema federal límites máximos y comercio para frenar las emisiones de carbono de forma más eficiente. Y tanto el proyecto de ley de infraestructuras como el de semiconductores han obtenido apoyo bipartidista. Prometer el renacer de la industria manufacturera podría ayudar a los demócratas a ganar escaños que antes parecían imposibles.
Semejante idea es equivocada. A corto plazo, es probable que las ganancias de popularidad de los demócratas sean escasas en comparación con el daño causado por el miedo de los votantes a la inflación. Reconstruir la base industrial y fomentar los puestos de trabajo en el sector manufacturero quizás sean estrategias populares, pero supondrán muchísimos costes para los estadounidenses.
La «bidenomía» puede ayudar a Estados Unidos a hacer frente al cambio climático y a China, pero menos de lo que debería hacerlo debido a un diseño costoso e ineficiente. Gran parte de su atractivo proviene de la idea equivocada de que Estados Unidos debe inventar una política industrial propia para contrarrestar la versión con esteroides de China. En realidad, la maltrecha economía y el declinante mercado bursátil chinos muestran los defectos de la centralización. La ventaja de Occidente reside en su comprensión de los beneficios estratégicos y económicos de la apertura. Si Estados Unidos los deja de lado, corre el riesgo de perder la carrera tecnológica.
© 2022 The Economist Newspaper Limited. All rights reserved. Traducción: Juan Gabriel López Guix
© La Vanguardia Ediciones, SLU Todos los derechos reservados.

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