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Del bagaje y la ignorancia (El ‘malquerer’ a Rosalía) – Huelva Información

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Rosalía en concierto en el WiZink Center de Madrid, en diciembre de 2019.
Enrique Muñoz García
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Hay un instante en la gira de Rosalía, un momento de esos que se clavan irremediablemente en la retina, que brilla especialmente por encima del resto. Es cuando se aferra fuertemente al micrófono, agitando su cabeza melena al viento para cantar De Plata. Ese fogonazo fugaz con guitarra distorsiva de fondo está más cerca de la angustia eléctrica que transmiten en escena, por ejemplo, Lagartija Nick, que del relato oficioso vinculado a básicos ritmos latinos contemporáneos, tratando de emparentarla con un público  exclusivamente quinceañero.
En realidad se trata de dos coplas, dos cantes por seguiriya que ella interpreta en clave de toná.La primera es la conocida como copla o seguiriya playera de Tío José de Paula:
“Cuando yo me muerate pido un encargoque con las trenzas de tu pelo negrome amarren las manos”
Lo de playera no tendría ningún sentido si no se tratase de una deformación fonética del término plañidera. Las plañideras eran aquellas mujeres que iban a los velatorios a llorar por los difuntos, y muchos estudiosos apuntan que en esas manifestaciones de dolor y muerte de principios del siglo XIX puede estar el origen de las seguidillas gitanas. Fernando Quiñones mantuvo la teoría de que la seguiriya puede tener su precedente en una toná que, en cierta ocasión, comenzó a acompañarse de guitarra, con lo que cobra aún mayor sentido ese modo mayestático y con rudimentario acompañamiento en que la interpreta la cantante del Bajo Llobregat. Son igualmente versos de cierta enjundia, teniendo en cuenta que el mismísimo literato Juan Valera los utilizó en 1848, cuando tuvo que emplear el arte de la palabra escrita para intentar ganarse los favores de una joven de la que andaba perdidamente enamorado.
En cuanto al cantaor al que se le atribuye su raigambre musical, Tío José de Paula, comenzó ganándose la vida de manijero en cortijos y campos, y acabó vendiendo tabaco y golosinas por Jerez de La Frontera, donde comparte busto escultórico con otros grandes del flamenco en la zona de la Iglesia de Santiago. Es probable que Rosalía llegara a estos cantes por la vía de Caracol (quien los grabó con Melchor de Marchena a la guitarra), o por cualquiera de las muchas otras lícitas vías de transmisión a través de las cuales se expande el flamenco como fenómeno popular.
La segunda de las recreaciones que hace Rosalía es la conocida como Cabal del Pena:
“Si el querer que yo te tengo,si de plata fuera,otro más rico que yo,en la España no lo hubiera”
Se trata de un cante que recientemente incluyera Mayte Martín en su disco Querencia, y que ejecuta con bastante frecuencia en casi todos sus recitales. Una cabal (o seguiriya de cambio) grabada originariamente en disco de pizarra en 1907 o 1908 por Sebastián Muñoz Beigveder El Pena, cantaor de Álora prácticamente olvidado hoy en día.
Todas estas historias, relativas a orígenes de cantes, palos flamencos o versos, se pierden en la noche de los tiempos, y nos evocan una España en la que casi todos los protagonistas mencionados coexistieron a mediados del siglo XIX. Algunas otras creaciones –aún más antiguas– han llegado a nosotros sin ningún tipo de registro sonoro de por medio, de las más diversas formas, fundamentalmente por transmisión oral, de boca en boca, a través de cantaores y aficionados en general, que depositan en muchas familias del siglo XXI un germen propagado entre artistas como la que nos ocupa en este artículo. Luego, ellas y ellos interpretan esas creaciones de forma y manera particular, pero por regla general siendo conscientes de la riqueza, los orígenes e importancia del trayecto.
Cuando Rosalía Vila Tobella hace la plañidera de Tío José de Paula, lo que está diciéndole al mundo (porque sí, ya se trata del mundo entero, como todo el mundo sabe) es que su bagaje incluye a Caracol tanto como a Vallejo o Marchena. Cuando hace el encargo de las trenzas desmelenada transmite que ha preferido ahorrarnos el trago de convertirse en una cantaora mediocre (o como mínimo, sui generis), como muchas de las que pueblan romerías, fiestas patronales y reuniones para no dormir –algunas, por cierto, gozan del respeto de un público exiguo y muy difuso–, para adentrarse en un mundo diferente y global, imposible e indómito según edades y cabales. Pero lo hace con el cante en la memoria, con el recuerdo del que escuchara en su casa tal vez. Sin que nadie –y esto es lo más importante– le haya puesto una pistola en la cabeza.
Cuando remata la cabal de El Pena es, hasta cierto punto, consciente de que la sonanta de Félix de Utrera y el eco de Manolo Fregenal sobrevuelan de alguna manera por encima de las cabezas de sesenta mil mejicanos, cincuenta mil neoyorquinos y más de doscientos mil ciudadanos de la Unión Europea. Y todo en cuestión de escasos seis meses. Y eso es algo que nunca ocurrió antes ni volverá a ocurrir. Al menos no de ese modo.
No se trata aquí tanto de dilucidar quién canta mejor o peor, quién tiene más o menos facultades, más preparación, quién la tiene más larga o mea más lejos, sino del hecho de que alguien de un mundo ajeno a tabancos, tablaos, candelas o patios, decide iniciar su carrera tomando ciertos referentes, y mantenerlos en su repertorio aún a día de hoy. Todo eso no va a cambiar el rumbo del flamenco, que espero continúe como género propio, con sus códigos propios, aunque estos sean inaprensibles para cierto tipo de público.
El bagaje cultural es ese valor, esa cosa que no se ve, el oro incorpóreo que solo divisan los que han visto cimentar ciertas trayectorias y, por contra, acostumbran a menospreciar quienes rehuyen el interés de lo desconocido, quienes no miran ni aprecian resultados, o esos resultados no son los que esperaban. Y ese bagaje tiene sentido. Cuenta más de lo que muchos creen. Aunque a veces no a todos interese.
Actualmente hay censadas en España en torno a trescientas peñas flamencas. Las peñas son el vademecum del flamenco, aunque yo mismo sea peñista y no sepa decir a ciencia cierta qué significa exactamente, dicho sea de paso. La mayoría de las hijas de sus socios están en casa rodeadas de ritmos maquinales, ídolos tik-tokers o gurús para adolescentes del YouTube. Obnubiladas por el éxito en avalancha del último cantante melódico salido del último talent show (en los setenta era Gente Joven, y daban un diploma y doscientas mil pesetas, ¿recuerdan?).
Fascinadas hasta el paroxismo con el son trapero de un exboxeador curtido en algún reality show. Solo alguna saldrá haciendo cantes por derecho pero de forma mimética. Otra –una entre un millón– será tildada prematura e irresponsablemente de “niña prodigio”. Hasta que le cambie la voz, la adolescencia le abra los ojos, un noviazgo la distraiga, o alguien la cure con un desengaño antes de descalabrarse artísticamente por si misma. Pero aún cumpliéndose los pronósticos más halagüeños, ninguna conseguirá la proyección de la artista de San Esteban de Sasroviras. Ni por la vía purista, ni por la impurista. Ni por la de Pastora, ni por la de Catalina. Y eso es algo sobre lo que los padres de esas niñas debieran alguna vez reflexionar. Ya no tanto por sus hijas, que hacen lo que deben, sino por su propia salud mental, expuesta a ese perenne reconcome sobre el arte que practica o debería practicar la cantante barcelonesa. Deberían reflexionar en lugar de perderse en eternos devaneos sobre la jondura, el respeto, la apropiación, y las cosas que ellos quieren que sean. Pero que no van a ser. Nunca.
“Del mundo leguas y leguas,y aunque mi cuerpo ha corrío,del mundo leguas y leguas,como aquí me he dejao el alma, y aquí he venío a por ella,aunque mi cuerpo ha corrío, del mundo leguas y leguas”
(Alegrías de La Niña de los Peines)

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